martes, 1 de septiembre de 2009

Los Sneakers del Jaguar

Tiiiiruuuu tiiiiiiiiruuuuuuuuuuu tiiiiiiiruuuuuu riiiiruuuuuuu riiiiiriiiiruuuuu riiiiiruuuuu riiiiiriiiiruuu riiruuuriiruu riiiiiruuuuu.

Era la canción que se oía en la calle, mientras todos pasan de largo ya sea a la escuela o al trabajo.

En aquel crucero había una gran multitud, parecía ser, que el señor de las nieves se había estrellado contra el voceador que se encontraba vendiendo sus periódicos. Alrededor de él, haciendo montón como siempre, chismeando, estaban el mimo, el payaso y la que vende flores, todos ellos ahí reunidos mientras que el traga-fuegos detenía el tráfico.

Pero todo eso no importaba porque el jaguar atravesaba todo ese parafernálico circo despreocupadamente con su reproductor a todo volumen.

-¡Total! La gente del centro comúnmente es muy extraña y exagerada- pensó. Así que se dispuso a imaginar el motivo de todo ese teatrito. -Creo que quizá la que vende flores golpeo al voceador con su canasta llena de amapolas, rosas, tulipanes y petunias. Ahí, justo a mitad de la calle todo pudo haber pasado, porque de seguro el voceador le gano al mejor cliente del mejor carro. Entonces por el golpe propinado, todas las flores se desbarrancaron hasta el asfalto, mientras tanto el señor de las nieves quien tenía problemas con el pedaleo de su carrito, dado a que tenía una pierna más corta que la otra. Y digo, una más corta que la otra porque para ser francos nadie sabía cuál era cual, para todos las dos piernas estaban muy mal. Ahora que lo veo desde este punto de vista, creo que esto también fue algo que muy seguramente provocó su choque con el reparte periódicos. ¡Claro, eso fue! Solo imaginen: variantes muy diferentes en la velocidad generadas por su ya nombrada dismorfia, provocaban que el vende nieves moviera su carrito de una forma muy tambaleantemente rara, proyectándolo directo al voceador, quien se encontraba cegado por el canastazo dado, mientras la vende flores estaba llorando, porque decía que: por culpa del voceador sus flores se habían aplastado. Creo que cuando llego la tirurante ambulancia, y los paramédicos quienes rutinalmente preguntaron a los metiches: ¿Qué era lo que había pasado? El mimo se quedó callado y comenzó su representación sobre los hechos; pedaleó en el aire, señaló hacia todos lados, giró su cabeza y movió las manos. A lo que el paramédico solo asintió diciendo -¡oh! y ¿Qué más pasó?- el payaso le pudo haber respondido, sino hubiera sido por el mimo, quien súbitamente lo interrumpió haciendo una serie espectacular de mímicos movimientos; giró, se fue, se echó, dio maromas en el aire, se tropezó y calló.

Ya con todos en silencio.

El paramédico dijo -¡oh, muy mal! Y pues lo único que puedo yo hacer es decir: ¡pobre pero pobre voceador! Porque este tipo de accidentes no son asunto mío. Ahora lo que resta por hacer es que se lleven cargando a este desafortunado a la comisaria para que le hagan pagar por las flores aplastadas y toda la gasolina del traga-fuegos y de los autos desperdiciada-.

El jaguar ya no pudo ver nada porque las agujetas de sus tenis se desamarraron, así que se agachó para amarrarlas de nuevo, al terminar, el jaguar se percató que ya no oía nada de nada. Muy sorprendido por esto volteó y buscó hacia donde se suponía que estaban todos ellos discutiendo. Ya no había nadie, ni siquiera las flores ni las pirotecnias abrazantes del traga-fuegos. Lo único que quedaba eran las multitudes en desfile automatizado atravesando la calle como a diario. El ruidito tirureante como el de la ambulancia, era lo que si se seguía oyendo y venia desde el semáforo para ciegos de la mitad de la avenida.

-¡Que, raro!- pensó el jaguar.

Pudo haber jurado, haber sido un lúcido testigo de aquel faramañoso teatro que muy claramente es lo que se vive a diario.

El alto volumen de su reproductor lo distrajo y en un instante todo el desfile de robóticos atareados lo había alcanzado, el jaguar movía su cabeza, aun trataba de buscar con la mirada puesta hacia ese lugar y luego para el otro, algún residuo de lo vivido. Pero el desfile ya lo iba a él remolcando. Intentaba fuertemente caminar o moverse para otro lado pero entendió que era inútil tratar de seguir luchando. Así que se fue, arrastrado junto con ellos caminando; mientras estaba totalmente abstraído recordando lo que ¡no vivió! Hacia solo un rato.

La multitud, le jaló, le llevó prácticamente; rumbo al tren subterráneo. Subiéndolo y apuñuscándolo, contra el interior de la ventana, de la puerta automática, del vagón equivocado.

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